17 enero, 2022
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Queremos escribir para escaparnos de la cárcel del mundo y nombrarla como se nos cante”

Foto: Catalina Bartolomé.

A partir de una constelación de propuestas destinadas a sortear el vértigo que acompaña el acto de crear a través de la palabra, Gabriela Bejerman compone en su nueva obra, “El libro de escribir”, una guía desde donde lanzarse a la producción de textos, esquivando miedos, prejuicios y ansiedades que buscan imponerse en el momento de la escritura.   

El libro “está hecho de consignas que pretenden guiar la búsqueda de un espacio donde las reglas ajenas caen, los miedos caducan y escribir es posible” afirma la escritora en el prólogo de la obra, donde invita a narrar desde la experiencia personal, mientras hace lo propio con relatos autobiográficos en lo que condimenta la realidad con una gran cuota de invención.

Así, Bejerman propone y se sumerge en textos que rescatan el momento de su nacimiento, le pone historia a objetos que le fueron dados o regalados, describe el instante de despertar, recuerda hechos o actitudes que hoy suenan vergonzantes, e invita a hablar del malhumor, o desde las heridas y el dolor. También juega con los sentidos y la imaginación, rescata viajes, propone adivinar qué vemos y qué somos en la oscuridad, entre muchas otras sugerencias como punto de partida para soltar la imaginación.

“Siempre hay alguien escuchándonos con interés y gratitud cuando escribimos. Si no, gana ese ogro que nos censura y nos somete al juicio de valor estético con una maldad descarnada que nos paraliza”, afirma la poeta, narradora y cantante, que desarrolló su obra poética en torno a la galería de arte Belleza y Felicidad. Bejerman también coeditó, junto a Gary Pimiento, la revista de música, poesía y actualidad “Nunca nunca quisiera irme a casa”, incursionó en la performance y de allí se extendió a la música que la llevó en 2007 -y bajo el seudónimo Gaby Bex- a editar “Mandona”, álbum que incluye canciones y también combina la poesía con la música electrónica.

Autora de “Presente perfecto”, un libro integrado por dos novelas breves, y de los cuentos reunidos en “Heroína”, Bejerman, que fue además directora de teatro con su obra “Campo Cascada”, dialogó con Télam acerca de su nuevo libro editado por el sello Rosa Iceberg, y surgido como refugio en plena pandemia.

– Télam: ¿Cómo surgió el libro y cuál fue tu experiencia cuando comenzaste a escribir en cuanto a dificultades o no?
– Gabriela Bejerman: Hace más de veinte años que me dedico a dar talleres de escritura. Muchas veces pensé en compilar las consignas que fueron surgiendo en todo este tiempo. Se me pierden, se me traspapelan, porque soy desordenada, distraída, y las escribo en cuadernos desparramados. Nunca me caractericé por ofrecer un marco de orden y organización a les participantes de mis talleres. Sí fomento un compromiso interno fuerte para lanzarse al vértigo de escribir. Lo mío se fue definiendo un poco como lo contrario de esos cursos breves que dan equis cantidad de tips para escribir una novela, la fórmula para una especie de éxito, lavado de carácter personal. Lo que disfruto de este trabajo tan gratificante que es guiar talleres, es esa cualidad de atención que puedo prestar, sobre todo en los encuentros iniciales, cuando vislumbro una comprensión global de la persona que se acercó a mi camino para buscar una clave, una puerta, una liberación, una profundidad que sólo se logra cocinando una creación apasionada, cuidadosa, auténtica.La idea de escribir el libro finalmente empezó a hacerse realidad en pandemia. Me sostuvo tener un proyecto, en medio del caos reinante, la vida familiar al extremo. Escribir es un refugio, y este libro propone espacios de encuentro mutuo. De algún modo siempre hay alguien escuchándonos con interés y gratitud cuando escribimos, si no, gana ese ogro que nos censura y nos somete al juicio de valor estético con una maldad descarnada que nos paraliza. Y esto también me pasa a mí, claro. Por eso incluso yo, que me dedico a dar permiso, a proponer apertura, encontré libertad en las palabras de un gran amigo, José Fraguas, cuando me dijo: hacelo a tu modo, no sigas ningún modelo. Prácticamente las mismas palabras que vengo repitiendo en talleres hace dos décadas.

Foto Catalina Bartolom
Foto: Catalina Bartolomé.

– T:¿Cómo organizaste los talleres que dirigís y en qué medida y de qué manera considerás que los talleres literarios ayudan en la producción?
– G.B: Sólo doy talleres grupales, no me sale bien dar talleres individuales. Lo que da un grupo es un espacio amplio, en donde quien guía no dice “está bien” o “está mal”, “servís para esto” o “no servís”, que es lo que muchas veces la gente viene a preguntar. El espacio de taller es justamente eso, un lugar amplio en donde probar cosas, donde equivocarse sin miedo, donde escuchar, donde sorprenderse por lo que otres se permiten y yo ni me di cuenta de que existía como posibilidad. La alegría de ser escuchades, la sorpresa de ese vuelco hacia la oreja de las demás personas es algo muy placentero, una vez que superaste el terror de abrirte. Y descubrís que hay mucho más que las categorías de bien y mal.
Si escribís, es porque querés que alguien te lea, o sea, te escuche. Y básicamente lo que ocurre es que les otres nos habilitan a que nos tengamos el amor suficiente, la paciencia suficiente para escucharnos a nosotres mismes. Una vez que hicimos la primera parte, habrá tiempo para corregir, para ver todas las imitaciones que hacemos sin querer, buscando una palmadita de aprobación. Porque lo que queremos en realidad es apasionarnos y lanzarnos con otres en una corriente gigante, la de la literatura, la de las palabras, la del poder de inventar formas de decir, o de destruir las historias que siempre nos contaron.

– T:¿Por qué pensás que se generan los bloqueos?
– G.B: Los bloqueos creo que provienen de mucho deseo que no encuentra su cauce. Me pasó siempre que los primeros meses de taller la gente se vuelca con un frenesí que ni sospechaban. Es cuestión de abrir las compuertas para que las cosas simplemente salgan, sin hacer ninguna fuerza, sólo poniéndose, estando. Después llega la pausa, todo eso ya salió, ¿y ahora qué? Hay que bancarse un poco ese rumiar en que se va cocinando lo que vendrá después. Mientras tanto sostenerse en el interés de escuchar, de leer

– T:¿Cómo concebís la lectura en el vínculo con la escritura?
– G.B: La lectura es un gran combustible. Aunque no nos demos cuenta, cuando leemos incorporamos todo tipo de estructuras. Rítmicas, sintácticas, narrativas. Y si prestamos atención, más todavía. Aprendemos cómo hizo alguien para construir una frase genial, para decir algo que reconocemos tan bien pero que no sabríamos cómo redactar. Uno de los ejercicios que me encanta hacer y que suele funcionar de manera sorprendente es simplemente anotar palabras mientras escuchan una lectura de poesía que hago completamente entregada a ese presente compartido. Es un acto de magia, sí, porque la poesía es como detener el mundo y que algo nos ocupe, nos traspase, más allá de la codicia estrecha de “querer entender”. Sería como pararnos frente a un río y querer entenderlo. Así lo cuenta Juanele en su famoso poema “Fui al río…”. Si dejamos de “querer agarrar”, entramos en las palabras y una sabiduría se nos abre. Una sabiduría que no viene de la voluntad y la razón, combinadas en ese suelo infértil y bajo que nos ata al mundo todo el tiempo, todos los días. Queremos escribir para escaparnos de la cárcel del mundo y nombrarla como se nos cante. Queremos escribir para que el mundo sea nuestro un rato y darlo, y que alguien más nos acompañe en ese deseo aventurero, y pase algo que no sabemos ni qué es.

– T: ¿Qué lleva a las personas a asistir a talleres literarios?
– G.B: Creo que escribir es una manera de detener la vorágine del pensamiento repetitivo y descalificante para pasar a un tipo de atención más plena, casi como una meditación. ¿Por qué la gente hace talleres? Porque es muy difícil decirnos: ahora sentate a escribir.

Necesitamos que alguien nos dé un golpe de látigo y nos sitúe en nuestro deseo, que es escribir, entregarnos a ese presente, ponerle un freno a las obligaciones cotidianas y al rumiar mental que nos acosa sin tregua.Me acuerdo de un alumno que venía a clase desde San Antonio de Areco, con ese entusiasmo de descubrir y compartir, y nos contaba que, desde que hacía taller, todo le parecía “escribible”.

Qué salvación, estar en una maldita cola del banco, sabiendo que si después nos ponemos a describirlo en detalle, el grupo entero de taller se divertirá conociendo nuestra vivencia, estando ahí con nosotres, acompañándonos.El libro propone una intensidad, que es la de revisar las experiencias, o crear otras nuevas, con las antenas bien prendidas, y sostenerlas en el hilo de la palabra, respirando al compás de la sintaxis y la puntuación, en el sonido de las letras, en la fábrica de las palabras.       

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